MEMORIA PETRIFICADA.
No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor.
Por eso tengo que abrillantarlo cada cierto tiempo. Me gusta cuando salen a la luz las vetas de lo que fue un roble antaño. Es como tener un bosque petrificado con patas.
Si acerco la nariz a sus aristas, todavía huele a tierra húmeda. Y a tormentas de otoño.
Fue en aquel viaje al norte donde lo compré ¿ recuerdas?. A aquel carpintero artesano, enamorado de la madera.
Cuando partimos con él, en el remolque del coche, el pobre hombre dejó caer una lágrima y suspiró profundo. Era un hijo que partía a un largo viaje del que no regresaría.
HUMO.
No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor. Debería no ser tan descuidado con el cigarro. Lo olvido encendido en cualquier cenicero. Y termina cayendo de este. "Cualquier día arderemos" - decía Patricia- cuando veía la humareda fagocitar el oxígeno de la habitación.
No sabía que por su causa, yo me ausentaba en mis pensamientos y dejaba al tabaco quemarse como un bonzo autista.
Los últimos meses, cuando su enfermedad se agravó y a penas podía moverse, es cuando más ensimismado permanecía yo. El pensar como sería la vida sin ella, me angustiaba y me producía largas noches de insomnio, mientras un halo azulado de humo me envolvía.
TESTAMENTO.
En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos. Cuando abandonamos la sala de la notaría, tras la lectura del testamento, supe que no volvería a ver ni a Daniel ni a Luis. De esto, hace ya quince años. Daniel regresó a Paris, a regentar su tienda de antigüedades. Y Luis, a Barcelona.
Los tres decidimos, tácitamente, obviar para siempre la información que el Notario nos comunicó.
Y nada mejor para que quedase enterrado definitivamente en el olvido, que perder el contacto entre nosotros, evitando temibles tentaciones.
Nunca un pasado se había proyectado tan malignamente y amenazaba el presente de forma tan atroz. Viviríamos para siempre con ese peso.
DESPEDIDAS.
En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos. Después de partir a los diferentes frentes, desde nuestro cuartel base. La guerra se había recrudecido aún más, tras las últimas escaramuzas de los rebeldes. Sabíamos que muchos de nosotros terminaríamos en alguna trinchera, cosido a balazos, olvidado. Pero esa más que probable posibilidad, nunca la mencionamos. Atrás quedaba los meses de instrucción, de camaradería, de compañerismo.
En eso se iban mis pensamientos cuando un bache del embarrado camino me hizo saltar del asiento del autobús y el sargento nos daba las últimas instrucciones. Una nube terminó de ennegrecer el cielo y fue cuando despedí para siempre mi inocencia.
YODO.
Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Creo que si, que fue ese. Antes debieron haber muchos más, pero ese el primero que conservo en la memoria. Creo que fue una tarde de verano, recuerdo el calor. Mamá me coge en brazos y me limpia la herida de la rodilla con yodo. Me he caído de la bici .Yo estoy llorando, más por el susto pasado que por el dolor. Recuerdo su olor, a magdalenas y a coca. Me gusta. Me sube en sus rodillas y me peina con los dedos las greñas. Borra mis lágrimas con un pañuelo mojado en su saliva. Era finales de Agosto.
UNA CARICIA.
Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Jamás, Amalia La Seca, se había dirigido a sus hijos con algún signo de ternura desde que la conocía. Siempre era cortante e imperativa con sus vástagos.
- Tienen que ser duros, para enfrentarse con la vida – solía decir.
Para ella, cualquier señal de cariño, era transigir a la debilidad. Hasta ese día en el que el hijo pequeño llegó con su cachorro muerto en brazos. Lloraba desconsoladamente. Ella envolvió el cadáver en una toalla y lo enterró en el patio. Luego, consoló al niño tocando su cara. Ese ademán, fue lo que más se había parecido nunca a una caricia.
GRAVEDAD.
Hasta siempre, Vladimir. Eso pensaba ella mientras arrastraba el cadáver hacia el acantilado. Tenía que deshacerse del cuerpo antes del amanecer. Nunca más soportaría sus insultos, sus bajezas, sus humillaciones. Estos pensamientos le ayudaban a sacar fuerzas extras para tirar del cuerpo muerto. Un rastro de tierra removida dejaba a su paso, por el peso, pero poco le importaba. Llegó hasta el mismo borde, donde anidaban los albatros en primavera. Miró hacia abajo. Le pareció que la distancia hasta el mar era infinita. Un último empujón y el cuerpo cayó. Ella siguió con la mirada la trayectoria hasta que la espuma lo engulló.
REENCUENTRO.
El chuc chuc del vagón cambiando de vías me adormecía mientras que, por la ventanilla pasaba el paisaje a toda velocidad. A duras penas podía abrir los ojos. Los tenía llenos de sueño. Pero hoy era el día, tan ansiado, tan esperado. Lo había imaginado de otra manera, con más glamour pero la realidad siempre se encarga de cambiar los anhelos. Ahí estaba, recostada en el asiento, luchando por espabilarme. El café no había sido lo suficientemente cargado, pensé.
Pocos kilómetros quedaban para llegar a mi destino. Cuando anunciaron Cabañal, sonreí. Diez minutos y volvería a encontrarme contigo.
TORMENTA.
El viento cerró de golpe la puerta del comedor. El ruido que hizo, sobresaltó a Yolanda. Notó un escalofrío que le subía por la espalda y que tensó sus músculos de forma irracional. El viento siempre le había puesto nerviosa. No sabía de donde venía aquella fobia, pero desde pequeña, recordaba buscar amparo en su madre, cuando éste soplaba de forma recia y tormentosa. Miró por la ventana y descubrió un cielo con nubes aborregadas, dispuestas a descargar violentamente, de un momento a otro.
- Le va a pillar la tormenta – pensó.
Y decidió llamarle a su teléfono móvil. Tras varios tonos de marcado, una voz metálica de mujer, le indicaba que el número al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura.
Se inquietó. Y pensó que igual, estaba al volante, viniendo hacia allí. Desde hacía meses, su relación con él era casi inexistente. Mantenían las formas, como seres civilizados, pero no eran más que dos extraños conviviendo bajo el mismo techo. Y aún así, ella sentía el compromiso de cuidarle, en recuerdo del amor que vivió junto a él en el pasado.
UNA SONRISA.
¿Cómo se llamaba?.No recuerdo ahora el nombre. Pero si sé que era una mujer risueña, que siempre sonreía cuando se le saludaba. De esas personas que te iluminan el día cuando te las cruzas. Procuraba no chafarle el piso cuando lo había fregado. Pero soy tan torpe, que me daba cuenta de ello cuando ya había dejado huellas de mis pisadas en él. Nunca me recriminó por ello, al revés, cuando levantaba la vista me encontraba con una cara complaciente. Y le pedía mil disculpas por mi falta. Siempre las aceptaba de buen agrado. ¿Cómo era su nombre?...¿Aurora?. La memoria ya me falla.
SIN NOMBRE.
¿Cómo se llamaba?. Creo no tenía nombre fijo. Respondía a varios. Apareció un día por el barrio y se quedó para siempre. No era especialmente bonito, pero su pelo ensortijado y su rabo siempre en movimiento, le daba un aspecto simpático que hacía que lo aceptasen allí donde iba. Era un perro muy social. Tenía sus tareas diarias bien marcadas. Acompañaba a toda la chiquillería al colegio, siendo uno más de nosotros. El resto del día lo dedicaba a visitar a la panadera, al del puesto de periódicos y al anochecer, dormía con Tomás, el vigilante de la obra. Yo le llamaba Nube.
BATAS BLANCAS.
¿No usas ahora el presente, Mario?. Me hablas en pasado como si yo ya no estuviera. Y aún estoy, aunque tú no lo notes. Sólo me ves como un trozo de carne postrada en una cama. Los cables y los goteros me deben dar una imagen de monstruo de Frankestein en camisón. Pero aún estoy aquí. No hablo pero te oigo, como llamas a los médicos y las enfermeras. ¿No te das cuenta que me quiero marchar?. Si tengo que irme, definitivamente, lo quiero hacer desde mi cuarto y rodeada de las cosas que me han acompañado en mi vida. Sácame ya de este infierno aséptico.
FELICIDAD A TROCITOS.
¿La felicidad?, la charla animada con los amigos, mientras se saborea un vino. Una tarde de primavera esplendorosa. Una noche estrellada de verano. Una caricia del amado. El abrazo del hijo. Una mirada de ojos enamorados. Una llamada esperada. Sentir paz en nuestro interior. Turbarse con lo bello. Afrontar cada día convencido de que será único e irrepetible. La risa al viento. Respirar y notar el aire en los pulmones. Un reencuentro. Llorar con las pelis. Una carta de amor. La novela que te entristeció porque se acabó.
La felicidad es poliédrica, pero no efímera. Nunca se olvida su visita.
RENACER.
“No, así es el infierno”. Eso me contabas, totalmente convencida porque habías ya pasado por El. Tus ojeras, tus ojos sin brillo, tus marcas del veneno tóxico en los brazos, así lo delataban. Pero eso fue ayer. ¿Cuánto ha pasado?, una vida.
Hoy todo es diferente. El Ave Fénix cambió de nombre y se puso el tuyo, Malena. Para homenajear tu coraje. Para celebrarte.
Estás hermosa. Ganaste peso y el color volvió a regalarte. Esquivaste las trampas. Hay esperanza en ti.
- Las penas son el estiércol en el que germinan las alegrías futuras – me decías en el sanatorio.
Mis semillas no germinaron, una lástima.
INFIERNO DE ALQUILER.
Diles a estos señores que o nos dejan meter un ventilador o yo me vuelvo con tu madre. Setecientos cincuenta euros por el alquiler de este cuchitril infecto y no nos dejan ni airearnos. Verás cuando apriete de verdad el calor…. ¡ Las varices me reventarán!.
En serio, Fernando, no sé para que te hice caso, con lo bien que estábamos en el pueblo. Pero no, el señor tenía sus aires de grandeza y ¡hala!, en esta puñetera ciudad que nos trata a patadas.
Cuando vuelva a pasar Higinio para pedirnos el alquiler del mes que viene, no me callaré. Le pediré también que nos arregle el termo. Estoy harta de helarme en invierno y ahogarme en verano.
AIRE FRESCO.
- Yo te llevaré un ventilador.
Eso me dijiste la última vez que viniste a verme a la residencia, Miguel. Sigues como de niño, prometiendo cosas que no cumples. Sabes que no puedo dormir por la noche con este calor pegajoso y más, cuando nos echan el cierre a las ventanas. Desde el día que Matías y Rosa intentaron fugarse de madrugada para compartir y vivir su amor, lejos de este aparcamiento de viejos. Al final, sólo compartieron traumatólogo. Suerte que no compartieron enterrador.
Ya estamos a finales de Agosto.
Por fortuna, heredé el abanico de Engracia, cuando su hija vino a desalojar su habitación.
ME PIDO, ME PIDO….
De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable. Nunca se sabe cuando atraparemos a la Sirena.
Estoy un poco cansada de esta colección de criaturas fantásticas. El Pegaso no para de dar coces y el Unicornio tiene el cuerno descascarillado, de tanto darse contra los barrotes de la jaula. Y no veas como comen alfalfa. Otros quince días igual y no llegamos a fin de mes.
No olvides de llevarle el pozal con antiácido al Dragón. Su última mala digestión nos costó una nueva alfombra. ¡Y el tufo que deja a azufre en la casa!.
De verdad, cariño, ¿no podías pedir a los Reyes una videoconsola como todos?.
SIGUIENDO PISTAS…
- Ni idea- , responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.
Se había volatilizado delante de mí y sólo quedaba ese rastro como prueba de que había pasado por ahí. El hombre que perseguía desde hacía dos meses, se me escapó en medio segundo de despiste. Era un mago del camuflaje, por algo le llamaban EL Mortadelo del Ensanche. Era el rey del disfraz.
- Gracias- le contesto, aunque no me había ayudado mucho.
Recogí el plástico y comprobé que lo había roto antes de abandonarlo. Un corte casi cuadrado, hecho con una cuchilla afilada. Se llevó un pedacito a modo de muestra. De este rompecabezas, yo era ya otra pieza.
MAS VALE SOLA QUE MAL ACOMPAÑADA.
Tal vez sea mejor que se quede en casa. Así, no me vuelve a hacer pasar vergüenza. Como la última vez, en la boda de Javier. ¡Que empeño por bailar con la novia!. A parte de que no sabe dar un paso al ritmo de la música, terminó con ella en el suelo y rasgándole parte de la cola del vestido. Paró de golpe la orquesta y él, balbuceando palabras inconexas desde en medio de la pista, a modo de disculpa. Y la pobre chica, con soponcio y medio. Desde entonces, ya no le paso ni una. No aguanto ya sus borracheras. Esta vez, voy sola. Así estaré tranquila.
HIPOCONDRÍA.
Tal vez sea mejor que se quede en casa. Me pone nerviosa cuando me acompaña al médico. ¡Con lo hipocondríaco que es!. Sólo el olor a hospital, a alcohol y a desinfectante, le altera. Su manía por sufrir toda enfermedad catalogada desde Hipócrates es de sanatorio mental. Como la última vez, que mezcló síntomas de paperas, neumonía, disentería y ántrax. No es extraño que el doctor nos echara a patadas del box de urgencias.
- Espero no volverle a ver nunca – decía mientras nos echaba a la cara la analítica.
Esta vez, iré sola. Además, ¿Qué pinta él en mi exploración anual ginecológica?. Terminaría pidiendo una revisión de trompas.
HILANDO ENSUEÑOS.
Yo sabía que aquello era el final. Cuando me despedí de él, en la estación. Me besó dulcemente, consciente de que esa sería la última vez. Le miré a los ojos. Para entonces, ya no había rastro de tristeza. A penas una nube ineludible de realidad empañaba ese azul que tanto había amado.
Un rato antes, cuando todavía me encontraba adormilada en sus brazos, cayó una lágrima por su mejilla que me encharcó el alma. Lloraba sin gemido, de forma muda. Pero todo el quebranto que le crujía su ser, lo notaba en su pecho. Saltando como un torbellino, capaz de arrasar cuanto se pusiera por delante.Desde el primer momento que nos conocimos, sabíamos que nuestra historia tenía la fecha de cumplimiento escrita, como una letra de cambio. Sin un día de prolongue. Los intereses ya los habíamos pagado cuando decidimos, aquella tarde de Junio dorado, vivirla hasta apurar su copa. La dulzura se los primeros tragos se habían ido transformando en ácido que horadaba a mordiscos secos nuestras vidas. No era libre. Estaba encadenado a otra mujer. Había jurado cuidarla hasta su muerte. Y ese juramento, barrotes de la jaula, que no conseguimos limar a fuerza de besos.
CELOS.
Me doy cuenta de que ya echo de menos a mi ex mujer y a mis hijas.
Será la costumbre. Sobre todo a las niñas. No me hago a la idea de volver a casa y encontrarla envuelta en silencios y sombras. Aunque la mayor de las veces cuando regresaba, ya estaban dormidas y sólo me asomaba al cuarto para verlas.
A Mercedes, la añoro, pero a ratos. Al final, sus celos enfermizos terminaron por agobiarme, por desear no verla. La relación claustrofóbica, de acoso y derribo de los últimos meses, acabó por que sintiera sólo odio por ella. La gota que apuró mi paciencia, fue descubrir un detective pagado por ella, buscando pruebas de infidelidades imaginarias.
SORTILEGIO.
No funcionó. Estuve frotando por un buen rato esa antigua lámpara que encontré en el bazar de Alí, el anticuario. Pero no ocurrió nada extraordinario.
Me había dicho que tenía más de mil años y que perteneció a un Califa, famoso en su época por conseguir todo lo que se proponía sin esfuerzo.
Había seguido las instrucciones del viejo al pie de la letra, pero ahí estaba el candil, más bruñido y brillante pero inanimado. Cansado de hacer el canelo, lo dejé a disgusto sobre la mesa. No habría encantamiento. Volví a mirarla y pude leer en un lateral, MADE IN TAIWAN.
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