CHAKRA
La luz que atraviesa el ventanal me da de pleno en los ojos. Aunque trato de taparme con la almohada, termina de despertarme completamente. Me levanto. No estoy mal, pero noto un desasosiego por dentro. Como si un enano estuviera dando saltos mortales en mi duodeno. Poco recuerdo de la noche anterior. La cena en aquel nuevo restaurante, las copas de después y vuelta a casa a dormir. Nada anormal para una noche de sábado. Y sin embargo, me noto raro.
Así que decido echarme abundante agua a la cara, para quitarme las telarañas de los ojos y del cerebro. Mi imagen en el espejo se refleja distorsionada, o al menos así me parece a mí. Saco la lengua y parece un pasto de alguna montaña asturiana, de lo verde que está. Lo achaco a una mala digestión, no tenía que haber tomado aquel revuelto de setas que me recomendó el camarero. Sinceramente, estaba riquísimo, pero me sientan en el estómago, como patadas de hooligans enfurecidos, tras perder un partido.
Decido en ese momento que un buen zumo de naranja y una tostada de aceite de oliva puro, me sentará de maravilla, para contrarrestar el sabor metálico de la boca.
Pongo la tostadora y corto un par de rebanadas de pan. Mientras, preparo el exprimidor, elijo tres naranjas. Me las acerco a la nariz. Siempre me ha gustado el olor que transmite la piel de la naranja. Cojo un cuchillo y corto una.
- ¡Ay! – oigo cuando la hoja atraviesa el fruto – me estás haciendo daño.
Se me cae el cuchillo de las manos. ¿Qué bebí anoche?. Si no estoy loco o con resaca, creo que es la naranja la que se ha quejado.
- ¿Hablas tú? – le digo a la redonda fruta con voz asombrada.
- Si, soy yo. Por favor, no me cortes, me haces daño.
No hay ninguna duda, no son imaginaciones, la naranja ha hablado y lo peor es que yo la he oído.
Se me seca la garganta. Busco un vaso y agua fresca para beber. Abro el frigorífico y un coro de voces me saludan.
- ¡Buenos días, Fernando!.
- Bueno días – respondo de una manera automática. Y cierro el frigorífico.
No estoy loco. ¿O si? Me acaban de dar los buenos días, desde el cajón donde guardo la verdura.
Vuelvo a abrir el electrodoméstico.
- ¿Hola?- digo bajito y con miedo.
- ¡Hola Fernando!, ¿Qué tal has dormido?.
Definitivamente, no he perdido la razón. Las alcachofas, el pepino y la lechuga que hay en el verdulero, acaban de desearme un buen día y se preocupan de mi estado.
Con pasmo veo que los tomates del segundo estante y unos rabanitos que andaban desperdigados entre el tarro de mermelada y la tarrina de mantequilla, se unen a sus congéneres anteriores.
Encima, los rabanitos tienen voces agudas y estridentes.
Estoy totalmente despierto. De ello estoy seguro. No es un mal sueño provocado por una mala digestión.
Estoy en mitad de la cocina de mi casa, en pantalón de pijama y manteniendo una conversación con media huerta.
Salgo asustado de la cocina y voy hacia el comedor. Voy a llamar a Gustavo. Estará ya despierto, aunque hoy sea domingo. A ver si lo pillo en casa, antes de que haya salido a dar su vuelta de rigor en bicicleta. Igual sabe algo de lo que ocurrió anoche y que yo no logro recordar.
Mientras marco su número, noto que alguien me habla a mi espalda. ¿ O debería de decir algo?.
- Hola Fernando, ¿Qué tal has amanecido hoy?. Cuando puedas, me echas un poco de agua, por favor. Pero que no esté muy helada. Que tengo las raíces algo anquilosadas y me duelen con el frío. Tengo sed. Me reseco con la calefacción, ¿sabes?.
Me quedo paralizado con el auricular en la mano. Con el número de mi amigo a medio marcar. Lentamente me giro y veo al Ficus benjamina que tengo junto a la ventana del comedor. La voz venía de esa zona. La he oído claramente.
- ¿Eres tú el que me está hablando?- me encaro con la planta.
- Claro que soy yo. ¡Que tontería! – me responde- ¿ves a alguien más en la habitación?.
- No claro- respondo con naturalidad- sólo estamos los dos.
- Pues lo que te decía – continua el vegetal- cuando tengas un poquito de tiempo, me echas un poco de agua, ¿vale?. Estoy sediento.
- ¡Pero que carajo estoy haciendo! – grito - ¡Estoy hablando con una maldita planta!. ¡Y me responde!.
- ¡Qué carácter tienes, hijo! – contesta a modo de reproche – cualquiera diría que te he pedido algo fuera de lo común.
Ignoro el último comentario del Ficus y marco con premura el número de Gustavo. Desde luego, algo pasó ayer por la noche y yo todavía no me he enterado de lo que es.
Al otro lado del auricular me salta el buzón de voz. Mejor es ir a su casa y hablar directamente con él.
Noto pesado el estómago, como si me hubiese tragado un yunque.
En menos de diez minutos me he arreglado y salgo como un rayo hacia la calle, dirección de casa de Gustavo.
Hay poco tráfico, y sólo algunos transeúntes adormilados, pasean la mañana soleada de Diciembre.
A pesar de ello, se me hace interminable el trayecto hasta la casa de mi amigo. Tamborileo con los dedos sobre el volante, esperando que el semáforo se ponga en verde.
Justo estoy ya en su calle y aparco de mala manera el coche.
Alguien habla a mi espalda. Pero no logro entender que es lo que dice. Pongo atención.
- Cuando arranques de nuevo el coche , por favor, no aceleres de golpe, que echas mucho humo y me molesta.
Es la acacia que hay plantada en frente del portal de Gustavo. Me quedo de una pieza. Pensaba que este diálogo fitológico sólo lo mantenía en mi casa. Pero parece ser que no. Puedo oír a cualquier ser que tenga raíces y hojas.
Llamo con insistencia al timbre de Gustavo. Tras esperar unos segundos, al fin, alguien contesta por el altavoz del portero electrónico.
- ¿Diga?, ¿Quién es?. Es Gustavo, con voz somnolienta.
- Soy yo, Fernando- le respondo nervioso- ábreme la puerta, necesito hablar urgentemente contigo.
El clic metálico del cierre se oye y empujo la puerta. Subo las escaleras de dos en dos. Gustavo vive en un segundo. Tiene ascensor, pero estoy tan acelerado, que no me espero a que baje.
Mi amigo está en medio del recibidor de su casa, con cara de sorpresa y de alarma.
- ¿Qué te pasa? – me pregunta. ¿A que viene tanta prisa?.
- Tío, desde que me he levantado esta mañana, me está ocurriendo algo muy extraño. No te lo vas a creer, pero “oigo” a las plantas. De hecho, oigo a todo aquello que sea vegetal.
- ¿Qué dices?- me contesta mirándome con cara de incrédulo – anda, ven, vamos a tomar un café y me lo cuentas todo con tranquilidad.
Nos acomodamos en la cocina mientras Gustavo carga de café molido el colador de su cafetera italiana y la pone al fuego.
Con más serenidad, le voy contando todo lo que me ha ocurrido desde que me levanté esta mañana.
El episodio de las naranjas, mi discusión con el Ficus. A los pocos minutos, el aroma de la infusión invade todo el espacio que nos rodea y nos deja por un momento, reconfortados.
¿Qué tiene el olor del café recién hecho, que te levanta el ánimo sin tú quererlo?.
Con más sosiego, pasamos revista a lo que hicimos ayer por la noche.
Lo único que se salía un poco de los esquemas, era la cena en aquel nuevo restaurante. Por mí mismo, ni lo hubiera elegido ni se me habría ocurrido pasar por él a cenar. Pero nuestro amigo común, Ricardo, es muy dado en descubrir nuevos sabores, nuevos aromas. Es un gastrónomo y goza de la buena mesa. Y siempre está llevándonos a nuevos restaurantes y sitios de tapas, donde o bien preparan un plato especial, o una nueva salsa, o un nuevo guiso. Todo quiere probarlo.
Ayer por la noche le tocó el turno a CHAKRA, un nuevo restaurante dedicado a preparar comida hindú. Ahí es donde me tomé mi revuelto de setas…
Decidí, tras apurar el café, encaminarme al restaurante. Iba como un detective, buscando huellas y pistas de cómo se había despertado en mí, esta nueva habilidad.
Me despedí de Gustavo. Subí al coche y me dirigí al restaurante de la noche anterior. Tras aparcar, me acerqué a la entrada, que estaba cerrada. Apoyé la cara en el cristal, ya que se vislumbraba una luz en el interior. Con los nudillos golpeé el cristal, intentando llamar la atención de quien se pudiera encontrar dentro. Al final, me abrieron.
Un pequeño hombre me salió al paso. Se secaba las manos en el mandil que llevaba atado alrededor de la cintura. Me indagó con la mirada y seguidamente, me preguntó:
- ¿Qué desea?. No abrimos hasta la noche.
- Quisiera hablar con el dueño o con el responsable. Soy un cliente. Ayer por la noche estuve cenando aquí.
- Un momento…
Y se metió en el interior de lo que debía ser la cocina. A los pocos minutos, otro hombre, más alto y delgado, se acercaba hacia donde yo estaba. Tenía rasgos asiáticos, hindú o pakistaní. Y unos ojos que transmitían serenidad.
Frente a él, me siento un poco estúpido. Si le contaba a aquel extraño mi historia, ciertamente terminaría pateándome el culo y expulsándome de su local. Pero no tenía otra alternativa para conseguir desenmarañar este galimatías.
Tras presentarme, me invita a sentar en una de las mesas.
- Usted dirá, señor – me dice- esperando que le cuente el porqué le he sacado de sus quehaceres.
Decido que no tengo nada que perder y le cuento todo lo que me ha sucedido desde que me levanté por la mañana.
Cuando termino de relatarle mi peripecia, me quedo tranquilo, como cuando de niño confesaba con el cura que había robado alguna golosina de la tienda de Trini, la quiosquera.
- Veo que mis setas le han hecho efecto, Fernando- me dice con una sonrisa beatifica. No lo hacen con todo el mundo. Son de la zona de donde nací, un lugar cercano a las montañas del Himalaya. Son especiales y actúan en las personas, de forma selectiva.
Hace una parada y me pregunta si me apetece tomar algo. Le pido una cerveza, nacional, le hago hincapié. Tras dar un primer trago, sigue hablando.
- Estas setas son como llaves. Avivan en grado extremo la percepción de la realidad que cada uno tenemos. Y digo que son como llaves. Si no hay cerradura donde puedan meterse, no actúan. Y usted, Fernando, tiene cerradura, por lo que he visto.
- ¿Pero porque a mí? ¿Y justamente oigo a las plantas?.
- No lo sé. Cada uno tenemos una predisposición diferente para captar la realidad y por lo que veo, usted la tiene para captar la energía de las plantas. Para que se haga una idea, usted es una gran antena receptiva de esas ondas de energía que suenan en su cabeza como voces. Auténticas. No son imaginaciones suyas.
- ¿Cuánto durará el efecto de estas setas o lo que sea?.
- No puedo decirle. Han abierto su mente, uno de sus chakras, el que domina el lenguaje. Como puerta que es, puede cerrase de golpe y volver usted a percibir sólo con los sentidos. O puede permanecer abierta hasta que usted muera. Pero hay algo cierto, la cerradura la tenía usted desde que nació. Y ha dado con la llave adecuada. El conductor han sido mis setas. En otras personas, sus puertas interiores se abren de forma brusca, por un gran trauma, físico o emotivo.
Me quedé pensando. Mi primer impulso fue darle un puñetazo en mitad de la cara a aquel tipo. Pero algo me distrajo. Una vocecilla que venía de la ventana. Era una azalea que decía, “ay, que me quemo”.
Sonreí. Le advertí al chef – gurú que su planta tenía demasiado sol y se estaba quemando. La apartó del sol que le daba de pleno y la dejó en la penumbra.
Salí del local dándole la mano a Rasul, que ese era su nombre. A las pocas semanas volví para verle y cual fue mi sorpresa al comprobar que el restaurante se encontraba en traspaso. Busqué a los nuevos dueños, pero nadie supo darme referencias de Rasul y a donde fue.
Han pasado cinco años de aquello. Y sigo oyendo las voces de cualquier ser capaz de sintetizar clorofila. Esto ha cambiado mi vida, mis costumbres.
No he vuelto a un partido de fútbol, pues no soportaba las quejas del césped cuando lo pateaban. Ni he vuelto a comer fruta fresca ni ensaladas. Resulta insufrible llevarse a la boca algo que grita en tu tenedor.
Por el contrario, dejé mi trabajo en el banco y conseguí ejercer de jardinero. A los pocos meses, gané celebridad al ser el mejor cuidador de plantas. Era trabajar a tiro hecho. A los dos años, puse mi propia empresa y me llaman para casos raros, por enfermedades que los botánicos y agrónomos no logran atajar.
Tampoco he descubierto a nadie mi secreto, excepto a mi mejor amigo, Gustavo.
Tengo miedo de que alguien ajeno a mi entorno, se percate de mi habilidad y lo divulgue de manera inconveniente. Justamente es lo que no quiero. Que cualquier desaprensivo o charlatán pueda irse de la lengua y con su indiscreción, terminar convirtiéndome en una atracción de feria o lo que es peor aún, que algún grupo de científicos me sometan a pruebas de laboratorio, acabando de esta manera como un ratón blanco, con la cabeza llena de electrodos conectados a máquinas con nombres impronunciables.
No busqué esta aptitud y por ello, prefiero mantenerla en secreto, salvaguardando de esta manera mi libertad.
Además, no sé hasta cuando mantendré la puerta abierta de mi chakra. Ello es un misterio. Pero he aprendido a disfrutar con este don, aunque a veces resulta molesto. Siempre a mi alrededor hay un rumor que no para. Pero me he acostumbrado a ello, como quien se acostumbra a vivir al lado de una autopista y el ruido de los coches pasando, terminan por ser una parte más del paisaje acústico.
He descubierto también, en estos años, que hay todo tipo de plantas. Bravuconas, que se pasan el día buscando pelea con las vecinas, como algún cactus. ¡Acoquinan al resto cuado muestran sus púas afiladas!.
Y las hay amables, como las flores campestres, que siempre están canturreando, sobre todo, a la mañana, cuando el sol les empieza a calentar y abren sus corolas, como un niño perezoso, abre los ojos tras el sueño.
En el parque tengo fama de estar alelado, loco y ensimismado. Soy el que habla solo. Lo que ocurre es que el roble americano es un excelente tertuliano. Lo trajeron de Bostón, tras una expedición científica a principios del siglo XIX y ha visto mucho. Y tiene sentido del humor, el muy bellotero.
Sin embargo, no soporto al Magnolio Grandiflora. Es un engreído y si puedo, dejo que los perros se le meen.
FIN
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