martes, 22 de enero de 2008

SIN NOMBRE.

SIN NOMBRE.

¿Cómo se llamaba?. Creo no tenía nombre fijo. Respondía a varios. Apareció un día por el barrio y se quedó. No era especialmente bonito, pero su pelo ensortijado y su rabo siempre en movimiento, le daba un aspecto simpático que hacía que lo aceptasen allí donde iba. Era un perro muy social. Tenía sus tareas diarias bien marcadas. Acompañaba a toda la chiquillería al colegio, siendo uno más de nosotros. El resto del día lo dedicaba a visitar a la panadera, al del puesto de periódicos y al anochecer, dormía con Tomás, el vigilante de la obra. Yo le llamaba Nube.

Se le veía muchas veces tumbado en la puerta del bar de Matías, porque sabía que este, siempre le reservaba las sobras de las comidas del mediodía. Y él sabía aguardar con paciencia a la pitanza. Tras relamerse los bigotes con minuciosidad, comprobando que ningún átomo del festín se desperdiciaba, continuaba su ir y venir por el barrio.

A veces, lo encontrábamos en el parque, acompañando a los viejos que pasaban el rato y tomaban el sol de primavera. Seguía con auténtico interés sus partidas de petanca, aunque una de las veces, se enfadaron mucho con él porque se llevó entre sus fauces, una de las bolas. Pero se hacía perdonar fácilmente, porque se los ganaba con zalamerías y carantoñas. Ninguno de los abuelos, al final, tenía el corazón tan duro para no volverle a admitir a su lado.

Otra de sus visitas incondicionales de cada mañana era a la señora Fina, la panadera. La señora Fina era oronda, enorme, siempre luciendo delantales de blancas puntillas y con las manos enharinadas. Nube solía pasar a saludarla cuando abría al amanecer. Sabía seguro que alguna golosina le caería, puesto que a la panadera siempre le habían gustado los perros y este tan salado, no iba a ser menos. Así que, le obsequiaba con algunas de las especialidades recién hechas, como alguna empanada rellena de carne o un trozo de coca salada con longaniza.

En las tardes de verano, venía con nosotros al descampado, donde pasábamos las horas jugando al fútbol. Le enseñamos a no meterse dentro de nuestro “terreno de juego”. Es decir, la planicie de tierra que habíamos adecuado marcando con un palo las áreas y las porterías. Al principio, se metía persiguiendo la pelota y no nos dejaba jugar a gusto. Pero aprendió a cogerla sólo cuando salía por las bandas o por el fondo de portería. Era nuestro recogepelotas pulgoso. Así pasábamos la tarde hasta que nuestras madres nos llamaban para volver a casa a cenar.
Entonces, él también se recogía y se encaminaba a donde Tomás, que le tenía ya preparado un camastro, hecho con cartones y unas mantas viejas que alguien tiró al contenedor.
Tomás le llamaba Canelo aunque no tenía ese color. Pero Tomás siempre había llamado Canelo a todos sus perros, cuando su época de pastor, en el pueblo de Extremadura donde era nacido.
- ¿De donde vienes sinvergüenza?- ese era el saludo rutinario con el que le recibía el vigilante. Y creo que Nube le contaba sus peripecias del día, a fuerza de aspamientos de rabo.

Eran dos solitarios que se hacían compañía.

Otra de sus visitas habituales era a Paco el quiosquero. Paco era un hombre con un rostro sin edad. Lo mismo podría tener cincuenta que treinta años. Nunca se le adivinaba.
Nube – Canelo, le rondaba casi todos los días y pasaba un rato con él, a primeras horas de la tarde por lo general, cuando menos personal se acercaba a su parada. Ciertamente, el quiosquero y el perro no habían empezado su relación con buen pie. En un principio, Paco temía que aquel chucho se acercase en demasía a su puesto, con el temor que este levantase la pata y le dejase regado de orines los periódicos matutinos. Pero el animal parecía saber que podía ganarse la confianza de Paco y día tras día le visitaba, hasta que este le aceptó. Y no era Paco un hombre especialmente abierto y risueño. Pecaba más bien de ser parco en palabras y de tener un carácter cortante y seco. Sin embargo, misterios del comportamiento canino, el perro lo había elegido como amigo.
De hecho, cuando por alguna razón el can no se acercaba a verle algún día, Paco se preocupaba, por si algo le había ocurrido.

- ¿Ha visto a El Perro?- solía preguntar a algún cliente habitual del barrio.
Y si le daban razones de él, ya se quedaba más tranquilo. Aunque nunca reconocería en público que sentía afecto por el animal.
Paco nunca le puso nombre. Siempre le llamaba, El Perro.

Canelo– Nube, tenía además en su agenda otros vecinos que, aunque no veía de forma continúa, no pasaba más de tres o cuatro días sin que recibieran su visita.
De estos, estaba Andrés, el vendedor de cupones. Era un hombre con una ceguera casi total al que, diariamente, su mujer le dejaba en el puesto de venta de los cupones y al atardecer recogía para ir a casa. Cuando el perro pasaba a ver a Andrés, es como si este supiese que el hombre era invidente. Daba grandes ladridos para advertirle que estaba ahí, delante de él. Y el ciego salía de su barraca de venta a acariciarle la cabeza o el lomo y a decirle cuatro boberías tiernas, que dejaba a ambos satisfechos. Nunca supimos de qué manera Canelo sospechó que Andrés no podía notar su presencia, y por ello daba cuatro o cinco ladridos para indicarle que estaba ahí, plantado delante de él, esperando sus saludos.


Octavio, el de la zapatería. Inés, la de la tienda de chuches. Amalia, la señora viuda que pasaba horas haciendo calceta sentada en un banco del parque. Y unos cuantos más, que ahora no recuerdo, estaban dentro del círculo social de Nube. Era gente variopinta y de diferente carácter, pero todos tenían algo en común, la soledad.

Y un día, Nube – Canelo – El Perro, desapareció. Todo el barrio anduvo buscándolo, llamándolo y no hubo rincón en el que no se escudriñara o indagase para dar con él. Paco llamó a la Perrera Municipal, pero ahí no estaba. Tampoco en la Protectora de Animales.
Nadie supo decir donde estaba o como se encontraba. Algunos decían que se lo había llevado un cazador a su finca, pero todo eran rumores. Un misterio al fin, como si se hubiese volatilizado.


Tal como había venido a nuestras vidas, así se fue. De forma discreta y de la noche a la mañana.

Dios se desperezaba de una ligera siesta que había dado en su hamaca de nubes favorita. Alargó la pierna y notó algo mullido y caliente que se enroscaba entre sus pies. Agachó la cabeza y ahí estaba el perrillo de pelo ensortijado durmiendo despreocupadamente y en paz. Sintió una infinita ternura, como todo en Él, que es infinito y con su mano, dulcemente le acarició la cabeza.

- Buen perro – le dijo. Y el animal agitó su cola.

Algo estaba claro. No siempre, los ángeles tenían alas.


FIN

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