martes, 22 de enero de 2008

HUMO.

HUMO.
No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor. Debería no ser tan descuidado con el cigarro. Lo olvido encendido en cualquier cenicero. Y termina cayendo de este. "Cualquier día arderemos" - decía Patricia- cuando veía la humareda fagocitar el oxígeno de la habitación.
No sabía que por su causa, yo me ausentaba en mis pensamientos y dejaba al tabaco quemarse como un bonzo autista.
Los últimos meses, cuando su enfermedad se agravó y a penas podía moverse, es cuando más ensimismado permanecía yo. El pensar como sería la vida sin ella, me angustiaba y me producía largas noches de insomnio, mientras un halo azulado de humo me envolvía.

Muchas de esas noches de sueño huérfano, recordaba como había transcurrido estos años a su lado. No han sido un paseo en lancha ni un picnic en la campiña, pero, a pesar de los malos momentos, si hago balance, el fiel de la balanza se inclina hacia el platillo donde reposan los buenos ratos.

Conocí a Patricia en la Universidad. No se me olvida el primer día que la vi. Con una melena castaña apoyada, como una cascada sobre uno de los hombros, mientras que miraba con atención las listas de los alumnos admitidos y los turnos a donde eran destinados.
- ¿Puedo mirar yo también? – le dije.
Y en ese instante volvió la cabeza hacia mi, para mirarme y adornó su cara con una cálida sonrisa.
Me enamoré de ella casi al instante. Después de esta primera coincidencia, me las apañaba para hacerme el encontradizo con ella siempre que podía. Llegó el día que logré masticar y tragarme mi timidez y reuní fuerzas para pedirle una cita.
De esto hace más de treinta años.

Le oigo respirar agitada en el cuarto. Está dormida y quizá, soñando. Parece que es una pesadilla lo que le turba. No se le nota tranquila y este desasosiego en su dormir, termina por desquiciarme.
No me atrevo a despertarla. Entro a hurtadillas y la miro. La luz de la lamparita de la mesa de noche ilumina su rostro de forma tenue. ¡Como ha perdido la frescura su cara!. Esta enfermedad maldita….
Unas ojeras envuelven esos ojos de brillo dorado que tanto he amado y que con tanta ternura me han mirado.
En ocasiones, la sorprendía mirándome de reojo, observándome cuando yo estaba entretenido en mis cosas. Y siempre me preguntaba, que en que recovecos andarían sus pensamientos, ya que sólo dejaba escapar una mueca entre atenta y divertida, que yo trataba de adivinar.
Cuando de repente, volvía la vista hacia ella, se ruborizaba como una niña a la que se le pilla en una falta. Ella no lo sabe, pero en esos momentos, una ola de ternura me recorría todo el pecho y se estrellaba en mi garganta, mientras que sólo sentía deseos de abrazarla y hacerla mía.

Otro cigarro. Voy al balcón. La frescura nocturna aviva mis pensamientos, mientras jugueteo con el humo. Miro sus tiestos, esos que tanto se afana en mantener lozanos y sanos. La buganvilla está mustia. Como los claveles chinos. ¡Con tanta preocupación en la cabeza!..... Mañana sin falta los regaré y les echaré algo del abono que ella guarda en el trastero. Quiero que, cuando llegue la hora de que ella se levante de la cama y se asome, encuentre sus plantas recibiéndola llenas de vida.

Le oigo llamarme, quedamente. Voy a la cocina a por un vaso de agua fresca. Su sueño quebradizo le ha dado sed.

- Todo estaba oscuro y frío – me cuenta con el hilo de voz que le va quedando.
Acaricio su pelo, le susurro palabras cálidas al oído y paso mi mano por su mejilla con la intención de calmarla y darle paz. Procuro que no se me note la angustia. El miedo que me da el saber que pronto estaré sin ella. Esta zozobra me rompe por dentro, como un cristal enfrentado al hielo, resquebrajándose y saltando en mil pedazos.
Hundo mi nariz en su pelo y aspiro profundamente su olor. Es un acto animal, impulsivamente irracional, pero que me devuelve la entereza, la confianza. Como una caricia materna.

Se duerme al fin. Y yo me quedo contemplándola, en silencio. Mi respiración se acompasa a la suya. La enfermedad se ha llevado su salud, pero no le ha robado su alma, lo que yo amo más profundamente.

En esta madrugada, es cuando me doy cuenta de las veces que no le he dicho te quiero, cuando ella lo esperaba. De los momentos desperdiciados, de los detalles olvidados. Toda esta carga la llevaré conmigo, cuando ella no esté. Y a pesar de lo cretino que he sido, ella, a su modo, me ha seguido amando. Y hasta ahora, en este justo momento es cuando soy por primera vez consciente, de lo afortunado que he sido y como esta riqueza la he dilapidado por ignorancia.

¡Cuantas veces te he defraudado, mi querida niña!.

Me descubro quitándome una lágrima que iba a morir en esta barba de tres días. Creo que no lloraba desde que era un chiquillo.

Es todo humo lo que me queda. Enredándose y ensortijado en mis recuerdos.
FIN

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