martes, 22 de enero de 2008

LOCAS DEL COÑO.

Sé que el título no es el más correcto. Suena mal incluso, hasta zafio, pero es terriblemente ilustrativo. Lo dijo una amiga y solté la carcajada. ¡Es una definición perfecta!.Las locas del coño. Supongo que en ese apartado estamos todas las cuarentonas premenopaúsicas. Las que estamos ya a punto de dejar de ovular para siempre y a las que se nos han escapado múltiples trenes con nuestras ilusiones en ellos. Y sin embargo, ahí estamos.
Yo estoy convencida de que las mujeres de mi generación son las mejores de toda la historia de la humanidad. Al menos, en la historia de la España actual. Somos las mejores, voy a pecar de inmodesta e incluirme en el saco.
A mi generación la veo como un gran delta, creado a base de capas y capas de tierra fértil. En nuestro caso, las vidas de anteriores mujeres, nuestras madres y abuelas. Encorsetadas por la sociedad que les tocó vivir y con un potencial interior descomunal, que sólo les sirvió para influir en las generaciones siguientes a ellas. Como si gritasen un "hazlo por mí".
Me recuerda a la parábola de la semilla que cae en buena tierra. Pequeña, seca, con vida latente. Y un día germina y crece a pesar de todo y de todos.
Esas somos nosotras, en el mayor parte de los casos, las semillas que han caído en la tierra adecuada, con el calor adecuado y la lluvia adecuada.
Y aquí estamos, las niñas del Baby Boom de los sesenta.
Y en el mejor momento de nuestra vida. Y sin darnos cuenta, dejando pasar el momento.
Me admiran las mujeres de mi edad. Damos por hecho el feminista, sin dejar de ser femeninas. Femeninas, pero no ñoñas. Odio a las mujeres ñoñas. Incapaces, autocastrantes y que se escudan en los yo no puedo.
Recuerdo el caso de una vecina. Su marido murió y un día, se le fue la luz. Una mujer de unos sesenta años, angustiada por estar a oscuras y lamentándose de que si el difunto estuviese, lo arreglaría.
Le pedí una escalera y a los dos minutos, conecté el interruptor del diferencial. Una simple subida de tensión había hecho saltar " los plomos".
Me miró como si viniese de Marte. Para mi, era algo natural.
No me considero feminista, al menos, tal y como nos las presentaban en los años setenta. No niego que me hubiese gustado vivir esos años en Berkeley. Y quemar mi sujetador en alguna marcha estudiantil desmadrada. Suena a juerga y eso me gusta.

Pero me alejo de lo que quería decir. ¿Soy feminista?. Creo que no. No odio a los hombres como ellas. Y a pesar de todo, ese "sustrato" está en mi generación. Creo en la igualdad de oportunidades. Y como somos más listas que ellos, pues las estamos aprovechando.

Nada mejor que escuchar a las amigas. Hemos dejado pasar muchos trenes, pero bueno, seguimos en la estación, esperando al nocturno borreguero.
¿Pero cual es el nocturno borreguero?. No sé cual será en cada caso. Oigo a mis amigas y creo que todas buscamos, cada una en nuestro peculiar sentido a nuestra vida. Y creo que sólo la respuesta está dentro. No sé que quieren ellas, pero algo quieren. Y creo que sólo esperan sentirse felices y en paz consigo mismas.
Estoy convencida que está dentro de nosotras. Y empezamos a pasar de lo que digan los de alrededor, por seguir esa llamada interior.

Incluyo en los alrededores, maridos, novios, amantes, hijos, etc. Y ahí es donde empiezan aparecer las verdaderas, locas del coño. Mis mujeres favoritas.
Mis locas favoritas tienen un target. Un perfil identificativo inequívoco. Las múltiples responsabilidades que cargan a sus espaldas, las sobrellevan con sentido del humor e inteligencia. Nunca se dan por vencidas, aunque estén derrotadas. Y eligen sus batallas previamente. Y tienen una gotas de cinismo, que las hace especialmente, atractivas.

Nuria ( es nombre inventado, por supuesto) es una de mis locas del coño del cuadro de honor.

Nuria se casó muy joven. Y él resultó ser un auténtico imbécil que le hizo dos hijos, tomó las de Villadiego y la dejó como un vaso de cubalitro en zona de botellón, un domingo por la mañana. Es decir, usada, rota y tirada.
Amén de bregar con sus dos vástagos para sacarlos adelante, tuvo que vérselas con un entorno masculino dominante, del padre y los hermanos. Entró a trabajar en la empresa familiar. Una pequeña fábrica dedicada a confeccionar ropa para niños y lencería de tipo medio para señoras.
Se fue preparando, profesionalmente, poco a poco, en el tiempo que su trabajo en la fábrica y el cuidado de los crios le permitía. Aprendió el oficio desde abajo, a pie de máquina. Y tras enfrentarse con la plana masculina de la empresa, logró poco a poco hacerse oír, incluir sus ideas y diseños y encontraron, paso a paso, un nuevo giro industrial y comercial que no se habría abierto a no ser por su tozudez y tesón.

Hoy en día la empresa marcha con una renovación constante. Ella la lleva con mano firme pero suave, haciendo que los giros de timón no sean bruscos, pero marcando el rumbo.
Tiene una nueva pareja. Que, como dice ella, no sólo me quiere, además, me soporta y no aparca “ para cuando tenga tiempo” aquello que el cuerpo le pide hacer.
Sé que ha llorado mucho. Y sabe que le queda por llorar. Pero ahí está, indómita.
Su último correo electrónico, incluía una foto.
Rodeada de niños veinteañeros, iba vestida con un mono de piloto y unas gafas y casco.
Por fin se había decidido a hacer algo que quería desde que tenía veinte años. Se apuntó a un curso de paracaidismo y la foto se sacó tras el primer salto.
No creo recordarla tan radiante nunca. Emitía energía.


LA VERDADERA REVOLUCIÓN.
Mi psicólogo me recomendó leer un libro, cuando buscaba luz. Se llama LA TERCERA MUJER y su autor es un francés, con apellido polaco, Lipovetsky. En el libro, el autor hace un repaso de la historia de la mujer en el último siglo y medio.
Habla de una revolución femenina. Y creo que estamos en plena revolución, cada una luchando calle a calle, barricada tras barricada , trinchera tras trinchera, cada una por su objetivo.
Es una revolución callada, diaria y personal. Sólo cada una puede llegar a su cima y conquistarla. El caso es que, cuando una consigue llegar a su meta, a su sueño, a su fin, tira del resto y se ganan centímetros al camino.
Yo me imagino como un camino de baldosas. Baldosas sueltas, que se mueven cuando las pisas y bailan bajo tus pies.
Pienso que cada una de estas mujeres es una baldosa. Buscando su propio cemento que le afiance al camino. Y siendo ellas mismas, el camino.

Una loca del coño revolucionaria es Maruja. Maruja tiene cuarenta y nueve años. Estuvo casada durante veintiséis años con el mismo hombre, enamorada como el primer día de él, hasta que la enfermedad se cruzó en su vida. Le diagnosticaron un cáncer cuando contaba con cuarenta y cuatro años.
En ese trance, su marido le dio la espalda y además de caérsele el pelo por la quimioterapia, se le cayó él del pedestal en que lo tenía.
Gracias a sus dos hijos, consiguió el apoyo que estos enfermos tanto necesitan y afortunadamente, los tratamientos dieron resultado positivo y consiguió curarse. Pero su vida ya se había roto. Nunca esperó ese comportamiento del padre de sus hijos. Se separó de él, en medio de una depresión y una fuerte bajada de las defensas.
Maruja es budista. Cree mucho en el lado zen de la vida. Estuvo viajando durante más de veinte años a la India, desde joven. Se enamoró de ese país y terminó adoptando una niña. Una preciosa niña de pelo oscuro, tez de aceituna y ojos de noche y profundos, que hoy es su alegría.
Recuperándose de la enfermedad y curando las heridas de vivir, su hijo pequeño le metió en el mundo de internet y le enseñó a chatear.

Y conoció a su cubano, su actual marido. Se casó en Cuba, hace siete meses pero por las circunstancias políticas de allí, no le dejaron salir.
Estos últimos meses, estuvo resolviendo todo el papeleo para que, al fin, pudiese venir.
En vez de traerlo en patera, como todos, ella lo hizo legalmente desde el principio y le ha costado tiempo, disgustos y dinero. Pero hace tres semanas que ya está en España.
La semana en la que ella tenía que irlo a recoger a Madrid, no dio pie con bola en el trabajo. No había manera de que un cheque cuadrase, pero despedía nerviosismo, alegría y le chispeaban los ojos.
Ese viernes fue a recogerlo a Barajas. Y al lunes siguiente, Maruja era la reina del Centro hipotecario.
Me pregunto si algo tendría que ver que el caribeño tenga quince años menos que ella, sea un mulato de dos por dos y esté como una piña, colado por ella.

LOS TRENES PERDIDOS.
Hace unas líneas hablaba de los trenes perdidos. De las oportunidades que dejamos pasar. Cuando pienso en las oportunidades que yo he dejado pasar, por miedo, por desidia, por el entorno o simplemente, porque no sabía que en ese momento, aquello que tenía delante de los ojos, era una oportunidad. De algunas, doy gracias al Cielo por no haberlas aprovechado. Como cuando rompí con aquel novio de la Universidad. Me lo encontré hará tres o cuatro años. Penoso, por cierto. Calvo, barrigudo y sobre todo, hecho un triste. No sé que vida hubiese tenido con él, si la cosa hubiese seguido. Pero sospecho que sería ahora una infeliz, comida por el tedio. Así que, afortunadamente, aquello no cuajó.
De otras, si que me arrepiento. No haberme enfrentado a mi padre antes y haber aprovechado aquel trabajo en el periódico. O no haberme ido a los Estados Unidos, con treinta años.
Me arrepiento de no haber sido valiente en esas circunstancias y a veces, imagino como sería mi vida ahora si hubiese aprovechado esas opciones.
Imagino como serían mis vidas paralelas, si en esos puntos de inflexión, hubiese cambiado de trayectoria vital. A lo mejor, vivimos vidas paralelas, las vidas de las oportunidades no aprovechadas.
¿Pensará mi otro yo, que hubiese sido de su vida si no las hubiese tomado?.
Soy una optimista revestida de pesimismo. Porque en el fondo nunca pierdo la esperanza. Y soy curiosa y vital, por lo que, a pesar de todo, de todos los costurones que ya llevo a cuestas, pienso que en la revuelta del camino, hay una nueva experiencia por conocer y por vivir.
Siempre creo que hay una nueva oportunidad, que se presenta de diferentes formas y a veces, a destiempo. Si somos listas, sabremos



reconocerla. Y en teoría, somos más listas, ¿ no dicen que el Diablo sabe más por viejo que por Diablo?.

Otra cosa importante es que con lo vivido, nos vamos desprendiendo de lo superfluo, del lastre que a veces no nos deja avanzar con la velocidad que quisiéramos. Supongo que en eso consiste el madurar.

Alguien que conozco aprovechó su oportunidad. Esa es Laura. Es una mujer vital, quizá la mujer más vital que yo conozco. Con treinta y siete años su vida sufrió un gran varapalo. Su marido se quitó la vida el día del cumpleaños de ella. Laura es valenciana, aunque ha pasado gran parte de su vida viviendo en Madrid. La conozco desde hace relativamente poco. Aunque rápidamente congeniamos. Es una luchadora nata y tras el duro revés sufrido, volvió a Valencia. Sin trabajo, con una hija de a penas trece años y sin una perspectiva de trabajo real. Lo dejó todo y se vino. Es una mujer preparada, tiene un par de carreras aunque no las había ejercido. Se puso al día en pocos meses y no paró de buscar…. Y la oportunidad llegó de una forma inesperada.
Y la aprovechó. Un antiguo conocido necesitaba una abogada, para el pequeño bufete que había montado. Han pasado seis años duros, sin a penas casos que llevar y siendo poco conocidos, pero con su irrefrenable vitalidad, ha ido escalando en la pequeña empresa y ya mantiene una buena cartera de clientes.
Nos vimos hace unas semanas y decidimos irnos a cenar y a bailar. En la cena, repasaba los últimos años de su vida. De cómo quedó paralizada tras el trauma de la muerte de su marido y de cómo salió. La dureza y los miedos que vivió. Su angustia, que era sacar adelante a su hija y por ello no le dolió prendas, ni los madrugones, ni los trabajos basura que tuvo que coger durante los primeros años.
Hoy la niña pecosa, es una joven preparada y que ha sacado talento para la pintura y en ese momento está en Italia, preparándose para llenar lienzos con su imaginación de colores.
Todas estas penurias, le han pasado factura. Su salud se ha deteriorado, sus huesos están dañados y a veces, sufre dolores que sobrelleva a base de calmantes, acupuntura y mala leche.
Pero ahí está. Como la Puerta de Alcalá, que desafinamos a dúo hace unos días en un Karaoke. Y nos la trufó, por cierto.










FLOR DE CACTUS.
La flor de cactus, en general es efímera. En algunas variedades, un cactus en un desierto puede florecer una vez en su vida. Y después, morir. Aunque no es siempre el caso. En condiciones favorables de temperatura, abonado y agua, puede hacerlo cada año.

Lo que sí tienen en común todas las flores de los cactus son su belleza simple. Son recias, fuertes, algunas hasta coriáceas pero todas son hermosas. Suelen tener unos colores llamativos, policromadas algunas, a fin de que, en su brevedad vital, puedan atraer a todos los bichos polinizadores de la contornada en el menor tiempo posible.

Flowers es mi flor de cactus preferida. Siempre la he visto igual, desde los dieciséis años. Una mujer de constitución delgada, casi de cristal. De hueso fino. Y de alegre carcajada.
Pero dentro de esa fragilidad aparente, es puro nervio y hierro por dentro.

Nos conocimos en el Instituto. Y no es que nos hiciéramos amigas. Pero ella estaba siempre ahí. Era la gamberra oficial de la clase. En todos los líos se metía y por el contrario, era una buena compañera.

Han pasado veinticinco años de aquello. Y el pasado volvimos a reunirnos. En todo ese tiempo, mucho tuvimos que contarnos.

Flowers me contaba sus incontables trabajos, a cual más extravagante y variopinto.

- Puedo editar un libro con mi vida laboral – me contaba.

Desde esteticista a promotora de bebidas. Reponedora de charcutería y conductora de trenes industriales y carretillas.
- Choqué el trenecito contra una columna y descarriló. Tía, que bronca del encargado- contaba.
Hay que decir que Flowers siempre empieza sus frases con un tía, que le da énfasis.
Pero de lo que menos me podía imaginar que ejerciera, es de vigilante y guardia jurado.
Es como poner un fideo vigilando una cámara acorazada.
Ni que decir que, si hubiese tenido un incidente grave, de un soplamocos la hubiesen puesto a orbitar. Y eso hubiese sido lo mínimo que podría haberle ocurrido.
Todas estas historias las cuenta entre carcajadas y gestos de propia incredulidad por haber hecho tal trabajo.
Mi perplejidad era enorme, desde luego. De coraje va más que sobrada. Pero el físico no le acompaña. Es la anticachas.

Hoy vive sola con un gato reumático. Dejó atrás una relación de casi tres lustros y según cuenta, sólo ha dado con chalados, cosa poco rara en los tiempos que corren.
- Tía, ¡como está el ganado!- dice a carcajadas y gesticulando con muecas de horror.
Es imposible que no te contagie la hilaridad. A no ser que seas una estatua de sal.

Su última conquista, cuando me la contó casi sufro una paraplejia del ataque de risa, fue con un conductor de autobús.
Coincidió con él, tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta. Y dándole palique, aquel tomó una curva que era demasiado cerrada, de forma abierta, incrustando el autobús encima de la acera y poniéndolo como un velero navegando de ceñida, es decir, de lado y casi a dos ruedas.
- Yo cogida al aparato de picar el bonobús – contaba – e intentando hacer contrapeso porque parecía que íbamos a volcar.
Como si su peso pluma fuese trascendental para equilibrar aquella mole de cuatro ruedas.
Todo esto, ni que decir, que lo representó en mitad del comedor del restaurante donde comimos. Y que la pareja de abuelitos que teníamos a nuestro lado, andaban entusiasmados con aquellas historias. Las suyas propias, debían sabérselas desde hacía cuarenta años.

Pero Flowers es sorprendente. Me recuerda siempre a una Huckleberry Finn actual, pero sin Missisipi de por medio. Tiene un aire de pilluelo intrínseco que te inunda. Hay frescura en ella, a pesar de los años. A pesar de las decepciones, de los reveses. A pesar de los horizontes pesimistas, suelta bocanadas de aire limpio que te ensanchan los pulmones.
Terminó contándome su pasión por los filósofos alemanes del siglo XX.
Era lo último que podía esperar de ella. ¿Y ahora que lo pienso, porqué me sorprendió ?. Si me hubiese dicho que se dedicaba a la pesca del boquerón zurdo en Terranova, la hubiese creído. Porque es capaz de eso y de mucho más.
Ella es como una piñata. Cuando la rompes, no sabes que va a salir de su interior. Y es que Flowers es así, mezclando existencialismo con porras de vigilantes y amantes locos.

Bueno, hay algo que sí sabes que va a salir, aunque ella se revista de púas defensivas. Y es un corazón enorme, sensible y generoso que te produce una ternura difícil de contener.
Siento alegría de que en mi vida, tenga la ventura de gozar de esta flor de cactus, imposible de marchitar.

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